lunes, 19 de mayo de 2008

Antropolología ------------

Hombre, conócete a ti mismo.

Parte II: ¿Humanos o Insectos?
Por Robinson Crusoe.


La vida social es tan característica del Hommo sapiens como puede serlo la dentición o el pulgar oponente. Aunque nuestra especie no es la primera que hizo el experimento de vivir en grupos organizados. Nuestros parientes subhumanos que participan de nuestras mismas cualidades psicológicas con diferencia de grado más que de índole, son por lo general gregario, pero hasta las sociedades de los antropoides carecen de la especialización y diferenciación de las funciones sociales que tanto caracterizan a nuestras sociedades.

Para encontrar un verdadero paralelo con la situación humana acudiremos a los insectos. Éstos seres han creado sociedades menos complicadas que las nuestras, pero las han desarrollado mediante métodos que nosotros no podemos emplear.

Los insectos han desarrollado sus instintos a expensas de su aptitud para aprender, y sobre todo, a expensas de su inventiva. Toda su tendencia evolutiva se ha orientado a producir complicados autómatas vivientes que se ajusten a ambientes fijos. Son seres en el que el máximo de eficiencia se combina con el mínimo de individualidad. Los insectos aprenden con dificultad y olvidan rápidamente, pero en la mayoría de los casos pueden completar el breve ciclo de su vida sin tener nada que aprender, y menos problemas que resolver. Este funcionamiento se ajusta con el del medio ambiente natural, estable y limitado, que no implica ningún nuevo principio.

Toda hormiga o abeja se adapta a su sitio en la comunidad mediante una combinación de sus instintos con la especialización estructural. Tanto desde el punto de vista físico como psíquico están organizadas para ser obreras o soldados, e incapacitadas para actuar en alguna otra forma. Tienen un mínimo de necesidades individuales y ninguna que las pueda poner en conflicto con los demás miembros de la comunidad. Con excepción de los momentos en que se disponen a llenar sus funciones reproductoras, se hallan despojados de las exigencias sexuales, que constituyen tan frecuente fuente de conflictos entre la mayoría de los vertebrados. En fin, los insectos sociales, más que individuos son unidades uniformes intercambiables. Desde el momento en que nacen están tan exactamente ajustados a sus predestinadas funciones sociales que son incapaces de apartarse de ellas.

La lucha de clases en jamás pudo haber surgido en un hormiguero, pues sus unidades son como bloques perfectos de un edificio social homogéneo, compactamente integrado y absolutamente estático. La hormiga nace con cuanto el dictador más estricto podría desear que tuvieran sus súbditos.

En franco contraste con los insectos sociales, el hombre es el producto final de un proceso evolutivo cuya tendencia general se ha orientado a una individualización cada vez mayor, los mamíferos se especializaron en la aptitud para aprender y, en las más elevadas etapas de su desarrollo, para pensar.

¿Somos nosotros antropoides que estamos tratando de vivir como termitas, careciendo de la mayor parte de sus dotaciones instintivas automáticas?

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